Hay tres Ángel Arroyo
Buscarse a uno mismo en Google, al menos en mi caso, incomoda. Lo hice en mayo, con el sitio recién publicado y la excusa de que era trabajo.
El primer resultado relevante era un Ángel Arroyo que trabaja en tecnología en Madrid. No era yo. Más abajo, otro Ángel Arroyo, también Madrid, también cerca del mundo de la inteligencia artificial. Tampoco era yo. Y el primero, claro, el famoso ciclista.
Somos al menos tres en el mismo terreno. Mismo nombre, misma ciudad, ecosistema parecido. El ciclista queda fuera de la cuenta, porque nadie que busque gobierno de IA va a terminar en él por error. La homonimia solo estorba cuando el contexto se solapa.
Para cualquiera que me conozca, esa confusión dura cinco segundos. Para un sistema que ordena el mundo en entidades, la confusión es el estado por defecto y puede durar años.
No tengo nada que ganarle a los otros dos. Su trabajo es tan suyo como mío el mío, y el ciclista tiene un Tour del 83 que no le va a quitar nadie. Lo que quiero es más modesto: que quien busca a este Ángel Arroyo concreto llegue hasta él, y que quien busca a cualquiera de los otros no acabe leyéndome a mí.
Llevo desde entonces haciendo algo que no había hecho nunca: explicarle a una máquina quién soy, con la precisión con la que se lo explicaría a un auditor.
Lo que un nombre deja sin resolver
Un nombre sirve para llamarte por la calle. Como identificador es una cadena de texto que otros comparten conmigo.
En un buscador, cuando alguien teclea, tiene que decidir algo que nadie le ha dicho: si esas apariciones repartidas por la web pertenecen a una persona o a tres. Lo resuelve por acumulación de señales. Qué páginas hablan de cada uno, a qué perfiles enlazan, qué temas se repiten alrededor, si hay algún punto donde todas esas pistas convergen en un mismo sitio.
Un expediente escrito para máquinas
Lo que hice fue redactar mi propio expediente. Escribir en tercera persona quién eres, sabiendo que quien va a leerlo es un algoritmo, descoloca bastante más de lo que parece.
En la home y en el CV hay un bloque de datos estructurados que ningún visitante ve. Declara una persona: nombre completo, ciudad, organización, temas sobre los que trabaja. Y una línea que pesa más que las demás, la que enlaza esa persona con mi perfil de LinkedIn, que es una entidad ya resuelta y con años de historial detrás. Traducido: esta de aquí y esa de allí somos la misma.
Nada de eso está escrito para un lector. Está escrito para el que tiene que decidir cuál de los tres soy, con afirmaciones comprobables y en un formato que puede leer sin interpretarme.
La otra mitad de la señal no la escribí. Aparece sola cuando llevas años escribiendo sobre lo mismo, en el mismo sitio y firmando igual. Eso no se puede fabricar en un trimestre, y por eso pesa.
Los plazos no los pongo yo
La desambiguación entre homónimos tarda entre seis meses y un año. Lo leí al principio, lo di por entendido y seguí.
Y a las pocas semanas estaba cambiando títulos porque no veía ningún efecto. Reescribiendo descripciones. Moviendo la estructura de una sección. Cada uno de esos cambios reinicia parte de la evidencia que se estaba acumulando, así que lo único que conseguí fue empezar la cuenta otra vez, con un sitio en obras permanentes.
La constancia, aquí, tiene la forma aburrida de publicar y esperar.
Esto ya lo había visto en el trabajo
El primer entregable de un programa de gobierno de IA es el inventario de sistemas. Lo he escrito con detalle. Lo que no había visto hasta este año es que mi problema de homonimia y el inventario son el mismo problema con dos disfraces.
Un inventario se rompe por dos costuras.
La primera: dos entradas que describen el mismo sistema con nombres distintos, porque las levantaron dos equipos que no hablaron entre ellos. Cuando alguien pide el expediente, hay dos versiones de la verdad y toca elegir cuál se enseña.
La segunda: una entrada que en realidad contiene dos sistemas, porque alguien le dio un uso nuevo, ese uso cambió lo que la cosa hace, y nadie volvió a categorizarla. Sobre el papel sigue siendo el sistema de siempre. En producción es otro.
En los dos casos falla lo mismo: la entidad está sin definir. Y que tú sepas cuál es cuál no arregla nada, porque el problema aparece cuando pregunta alguien de fuera. Se arregla escribiendo los atributos que permiten a un tercero distinguirlas sin llamarte por teléfono. Dueño, propósito, datos que consume, decisiones sobre las que influye, versión.
Cuando alguien me cuenta que su inventario es un Excel con el nombre del sistema y poco más, ya sé cómo va a ir la primera auditoría. Le van a pedir el expediente de un sistema concreto y va a tener que reconstruir, de memoria y por mensajes internos, cuál de las tres filas parecidas es la que le están preguntando.
Lo que he aprendido escribiendo mis propios metadatos
Que una entidad existe, para efectos prácticos, en la medida en que alguien ha dejado escrito qué la distingue de las que se le parecen.
Yo sé perfectamente quién soy. Eso no le sirve de nada al sistema que tiene que separar tres personas con el mismo nombre. Lo único que le sirve son las afirmaciones que dejé escritas donde puede leerlas y contrastarlas.
Hay tres Ángel Arroyo. Distinguirme es trabajo mío, y consiste en escribir, en un sitio comprobable, aquello que solo es cierto de uno de los tres.
Con los sistemas de IA de una organización funciona igual. Con una diferencia incómoda: ahí nadie lo va a escribir por ti, y el que pregunta suele venir con plazo.