Deuda de gobierno
Hay un tipo de trabajo que no encuentras en ningún plan y que existe en todas las organizaciones que llevan más de un año usando IA: las piezas de gobierno que le faltan a sistemas que ya están en producción. Incluso versiones iteradas más completas del gobierno, sobre sistemas que se evaluaron con una versión anterior.
La categorización que no se hizo. La ficha del modelo que nunca se rellenó. La evaluación que se pospuso para después del lanzamiento y que sigue pospuesta. La formación de quienes lo operan, que se dio a dos personas de las once que lo usan, o la formación de las personas que han llegado nuevas al área cuando el sistema ya está en producción..
Nada de eso impide que el sistema funcione. Todo eso es lo que te van a pedir.
Lo llamo deuda de gobierno porque se comporta exactamente como la técnica: se contrae a cambio de llegar antes a una fecha, se acumula en silencio, y encarece. Y como la técnica, se puede inventariar, priorizar y pagar por tramos, que es la única razón por la que merece la pena ponerle nombre.
En qué no se parece a la deuda técnica
En lo que importa.
La deuda técnica la cobra el propio sistema. Se paga en velocidad de desarrollo, y se puede convivir con ella indefinidamente si aceptas el coste. Es una negociación contigo mismo.
La de gobierno la cobra alguien de fuera, en una fecha que no has puesto tú. Un plazo del reglamento, una revisión del supervisor, una cláusula de un cliente que te pide acreditar algo. El día que llega, no hay negociación posible: o está o no está.
Hay una segunda diferencia, más incómoda. La deuda técnica suele pagarla el mismo equipo que la contrajo. La de gobierno aparece meses después en la mesa de una función que no participó en la decisión original, no tiene el sistema, no tiene el presupuesto y no puede tocarlo.
Donde sí se parecen: la documentación técnica
Hay un punto donde las dos deudas convergen, y conviene conocerlo porque es el único que juega a tu favor.
La documentación técnica es deuda técnica de manual: se pospone en cada entrega, todo el mundo sabe que falta y nunca hay semana para escribirla. Y para un sistema de alto riesgo es además una obligación con contenido tasado, que hay que mantener actualizada mientras el sistema siga en el mercado.
El mismo artefacto se le debe a dos acreedores, y solo uno de los dos pone fecha.
De ahí sale la única palanca cómoda de todo esto: es la única partida de deuda de gobierno que puedes vender al equipo técnico como trabajo suyo. Todo lo demás que pides es esfuerzo que viene de fuera. Esto es algo que ellos ya se debían a sí mismos y que nunca subía en la lista, y la fecha del regulador les da el argumento que les faltaba.
Y trae un riesgo simétrico que conviene cerrar el primer día: como se le debe a dos, se escribe dos veces. Ingeniería redacta la suya, gobierno redacta la suya, y a los seis meses divergen. Un artefacto, dos audiencias, un dueño.
Se levanta por evidencia, no preguntando
Preguntar a los equipos si su sistema está gobernado no produce un inventario de deuda. Produce una media de optimismo.
El método que sí funciona es aburrido: coger la lista de sistemas que ya están en producción, poner al lado la lista de evidencias que tu marco exige para un sistema de esa categoría, y marcar cuáles están y cuáles no. Sin matices, sin está en curso, sin lo tiene el equipo. Está o no está.
Sale un porcentaje por sistema, que es lo que todo el mundo mira, y sale otra cosa mucho más útil que casi nadie mira: el desglose por tipo de evidencia.
El desglose dice más que el total
Cuando pones las evidencias en columnas y los sistemas en filas, aparece un patrón que el total esconde: siempre hay un tipo de evidencia que va sistemáticamente la última.
No es aleatorio. La evidencia que se queda atrás suele ser la que exige criterio en vez de rellenar un formulario. Describir el proceso de negocio se hace, porque alguien lo sabe y lo escribe. Categorizar el riesgo se hace a medias, porque hay que decidir. Y la pieza que obliga a pronunciarse sobre qué está bien y qué no en el uso de ese sistema concreto se queda muy por detrás de todas las demás, año tras año, en cuanto alguien se molesta en medirlo por separado.
Eso no es un problema de disciplina, y tratarlo como tal no lo arregla. Es que esa pieza está mal diseñada: pide criterio a quien no lo tiene todavía, sin darle con qué construirlo.
Se prioriza por fecha de exigibilidad, no por gravedad
Este es el punto donde casi todos los planes de remediación se tuercen.
La gravedad ya la has usado para categorizar el sistema. Volver a usarla para ordenar la deuda es aplicar el mismo criterio dos veces y quedarte sin ninguno para ordenar el trabajo. Y como todo lo que está en la lista es importante por definición, ordenar por gravedad devuelve una lista de cosas importantes que se atienden en el orden en que alguien las recuerda.
La fecha de exigibilidad es información nueva. Es externa, no la controlas, y ordena sola. Un sistema con una carencia menor que hay que acreditar en marzo va antes que uno con una carencia mayor cuyo plazo es dentro de dos años. Es contraintuitivo y es lo que produce un calendario que alguien puede ejecutar.
El dueño nunca es el equipo de gobierno
Cada partida de deuda tiene un dueño nominal, y no es quien la ha descubierto.
El dueño es quien tiene el mandato sobre el sistema y el presupuesto para tocarlo. El equipo de gobierno asegura la calidad del inventario, calcula el vencimiento y lleva el seguimiento. Nada más.
En cuanto la deuda se apunta al equipo de gobierno pasan dos cosas, las dos malas. Deja de ser deuda de nadie, porque se convierte en deberes de un área que no puede ejecutarlos. Y el área que sí podría hacerlo aprende que esto lo resuelve otro, lo cual garantiza que la próxima vez la deuda se contraiga otra vez, en el mismo sitio y por el mismo motivo.
Un plan de pago con fecha vale más que un hallazgo abierto
Un hallazgo abierto es una acusación sin calendario. Se defiende mal, envejece mal y en una revisión externa cuenta en tu contra.
Una partida de deuda con dueño, con importe (qué falta exactamente) y con fecha de pago es otra cosa completamente distinta: es un programa funcionando. Y ante quien viene a mirar, la diferencia entre las dos situaciones no es cosmética. Una organización que sabe lo que le falta, sabe cuánto es y sabe cuándo lo paga está demostrando control. Es, de hecho, la única forma de demostrarlo cuando todavía no está todo hecho.
Lo que no es deuda
Conviene separarlo al levantar el inventario, porque reduce la lista y mejora lo que queda.
Lo que se decidió no hacer, con criterio, por escrito y con quien tenía el mandato para decidirlo, no es deuda: es una decisión. Se defiende, se enseña y se sostiene.
Deuda es lo que se omitió sin decidir, y lo que se decidió posponer sin fijar hasta cuándo. Ese ya lo veremos es la partida más común y la que peor envejece, porque nadie recuerda haberla contraído.
Y una advertencia sobre pagarla
Pagar la deuda sin cerrar la puerta por la que entró es tirar el dinero.
Si los sistemas siguen llegando a producción sin las evidencias que tu marco exige, el inventario vuelve a estar igual dentro de dos trimestres, con nombres distintos. La deuda de gobierno no se resuelve remediando: se resuelve remediando y moviendo el punto donde se comprueba, que es una de las puertas reales y casi nunca está donde el organigrama dice.
Por eso esto no es un proyecto con final. Es una de las cosas que hacen que un programa de gobierno sea un sistema adaptativo y no un plan que se termina.